“De conventos, cárceles y castillos de Camila Reimers” Ramón Sepúlveda

En esta novela que gracias a un diálogo interior permanente de la protagonista, Sonsoles y Sor Teresa de Ávila —una de las más influyentes pensadoras de la iglesia católica y que vivió en el siglo XVI— Camila Reimers nos permite seguirla en una búsqueda que dura toda la vida de la protagonista. Consta de cinco bloques fundamentales, los años de novicia, su emparejamiento con un militante comunista, sus años de meditación y exploración, su matrimonio pequeño burgués y la significativa visita a Ávila.

Estos bloques no son necesariamente los que la autora usa para ordenar la novela, ella organiza la trama en siete sitios llamados Moradas y que son ambientes poblados de puertas a salas que tienen como objetivo sorprender, algo que la autora logra ampliamente.

A poco andar nos encontramos con una inocente y tierna historia de amor, después que Sonsoles tienta sus pasos fuera del convento. La época es los ingenuos años de Chile, pre-Allende y de los aciagos días de Pinochet que terminarían quebrantando esa inocencia.

Sonsoles conoce a René en sus años de estudiante de Medicina en la Universidad de Concepción. René, militante comunista, logra dar otro sentido a la vocación de Sonsoles a través de trabajos voluntarios en Lota y sus conversaciones sobre marxismo. Situada al final de los años sesenta, la autora grafica con extraordinaria veracidad las vivencias de los estudiantes de la época y lo que se llamó la “concientización”. Sonsoles se rinde a los encantos de René y la experiencia de su trabajo con los mineros del carbón y sus pobres familias

El relato no es lineal ni siempre cronológico, porque como decíamos, se vale de las conversaciones con Sor Teresa, que contesta en un español antiguo, aunque no desprovisto de cierta cercanía, cierta camaradería e intimidad propias de una conversación con una amiga o compañera de curso. Cada segmento representa un cuento que a su vez encaja mágicamente con el resto, como piezas de un rompecabezas y que vienen a conformar un todo no siempre feliz.

La protagonista cuenta memorias que se dicen sin prisa, pero que inyectan una sensación de inminencia inexorable, una sensación de que algo va a ocurrir, aparte de ciertas esperadas revelaciones, algo va a suceder, y pronto. Durante las primeras Moradas, Sonsoles declara: “Lo que sí sé es que al recorrer varios de esos cuartos empecé a sospechar quién era la mujer mayor de las fotografías”.

Camila Reimers no le teme a lo erótico, ya sea en ambientes íntimos y prohibidos o castizos y pulcros donde es capaz de seducir y encantar, ni tampoco a aventurarse en detalles históricos, como La Inquisición o más recientemente el debacle de Chile a partir del golpe.

Hay guiños críticos a las prácticas del claustro o de asistir a la iglesia, Teresa dice: “la mayoría de las veces no me escucha que el lugar sagrado se encuentra donde pisas y que no es necesario enclaustrarse.”

La autora logra una intimidad necesaria con el lector —aparte de los temas que aborda— en una puntuación económica y directa, los diálogos son casi siempre un monólogo, una corriente o flujo de conciencia. No hay rayas, guiones ni espacios, ni punto aparte entre locutor e interlocutor. Todo en primera persona, incluyendo las voces ajenas a la de la protagonista.

No pude evitar relacionar el siguiente texto:
“I once had a girl, or should I say she once had me.
She showed me her room, isn’t it good Norwegian wood.
She asked to stay and she told me to sit anywhere,
so I looked around and I noticed there wasn’t a chair.
I sat on the rug.”

Con:
“Te esperaba, dijo él, y yo le creí. Su cama en el suelo estaba cubierta de cojines de colores. Me senté en uno sin separarme de aquellos inmensos ojos negros que habían cambiado mi mundo.”
Digamos brevemente que distinto a Sonsoles, Lennon pasó la noche solo durmiendo en la tina de baño.

Y tal como Los Beatles y su viaje a la India que invitados por Maharishi Mahesh Yogi en 1968, parten a la india a aprender Meditación Trascendental, Sonsoles parte a Mumbai en busca de respuestas, a meditar, pero fundamentalmente tras Gurú-B, el enigmático y atractivo maestro de ojos negros de tamaño industrial, que había conocido en un retiro en Santiago de Chile.

Gurú-B le enseñó los “secretos del Tantra impermutables a través de los siglos: El deseo es lo que mueve al mundo” y había aprendido “a utilizar el deseo para comprender la vida”. Este mensaje, sumado a ciertas licencias que como gurú, se tomaba el maestro son fundamentales para entender una de Las Moradas.

Nuevamente Lennon y McCartney surgen, aunque ya no es novedad porque la novela y la música de Los Beatles son además contemporáneas. En una importante y reveladora misiva de Gurú-B a Sonsoles, dice: “Nada de lo que ves es la verdad sino una mentira proyectada, el sexo es solo el principio, no el fin. Pero si te pierdes el principio, ¿cómo llegarás al final?”
“Let me take you down, cause I’m going to strawberry fields,
nothing is real, and nothing to get hung about.
Strawberry fields forever!”

De vuelta a Chile asume la vida de una profesional llena de todas las vicisitudes de ser madre con hijos pequeños: correr a clases de natación y ballet para los niños, lidiar con la nana y los horarios horrendos del hospital.

Además de la lúcida narración de los devaneos existenciales, humanos, de conciencia, y de vocación religiosa, de paso alude sin exacerbar la división quizá infranqueable y el quiebre de una nación. Refiriéndose a la gran crisis de Chile, como telón de fondo, casi incidentalmente, pero con sagacidad, maestría y economía de subterfugios, y que dan contenido a la búsqueda de Sonsoles, esta búsqueda y el castillo azul son el leitmotif de la novela y que se personifican una vez más en otro amor, esta vez un afable y exitoso doctor mayor, momio y que en los infaustos días de Chile resultó ser un gran aliado defensor de Pinochet. Este período la aleja de la meditación y sus llamados. Esta es la única parte del libro en que la palabra Cárcel, en el título tiene su representación.

La alusión a Conventos es evidente como en los días de novicia y en la comunicación con Sor Teresa, y Castillos, incluyendo el aludido castillo azul, que aparecen en todo la novela, figurados o reales y que serían el lugar metafísico donde estarían Las Siete Moradas, aspecto clave en la estructura de la novela.

En un monólogo anterior de Sonsoles, entre una relación y la otra, cuando los ánimos de búsqueda flaqueaban, cuenta:

“Quise buscar a Dios y las monjas me alejaron de él, quise ayudar a los pobres y terminé cantado La Internacional, quise comprender el alma del ser humano pero Gurú-B me alejo de mi propio ser.”

Baste decir que ni la batalla ni la búsqueda han concluido aun.

En esta novela, como se ha dicho antes, más que la llegada a la meta es el camino, la búsqueda los que llevan al lector de la mano. Este recorrido compele al lector a seguir la trayectoria, sabemos que no hay una respuesta fácil a las inquietudes existenciales o espirituales. Nos mantenemos atados a la lectura no en espera de las respuestas sino atentos al granado acontecer de la protagonista. Una novela que sin miedos ni tapujos nos muestra el trayecto de una mujer inquieta, mujer audaz, mujer noble. Énfasis en el concepto MUJER, en toda una vida.

No pude evitar las comparaciones con la pluma de Paolo Coelho, aunque la protagonista me pareció mucho más terrenal, más cerca de cualquiera de nosotros. Lindo los viajes espirituales, hermosas visiones, pero igualmente importante son las necesidades de intimidad corporal y los cariñitos recibidos de mañana con cara sin afeitar. Me hizo pensar en el cuento de una conocida escritora chilena que celebraba su término de ayuno vegetariano degustando una dorada pata de pollo, y como no pudo aguantar, concluyó comiéndose el pollo asado entero.

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“Los espacios cerrados, herrados y errados en la narrativa de Camila Reimers” Ricardo Camarena Castellanos University of Ottawa

Un tema recurrente en la narrativa de Camila Reimers en su novela De conventos, cárceles y castillos (Lugar Común Editorial, 2014) son los espacios cerrados que son recorridos en primera persona. No se revisan exclusivamente los espacios cerrados –y de encierro- que se enlistan en el propio título de la obra –conventos, cárceles, castillos- sino además los otros espacios, los espacios herrados, que enclaustran a hierro la mente viajera de Sonsoles, la narradora protagonista –que vive teresianamente sin vivir en sí, y que muere porque no muere- al través de siete “moradas” narrativas habitadas a su vez por otras, como en un cuarto de espejos: la nostalgia, el duelo, la retrospección, el desencanto de los ideales, de los sentimientos, de las creencias, y la imposibilidad del retorno al origen.
El espacio mental teresiano, de interlocución diacrónica, del quevediano “entrar en conversación con los difuntos y escuchar con los ojos a los muertos”, es también eso que llama la Inquisición “baldíos amores de fe”, de novias y esposas consagradas al Señor, pero muertas al mundo profano en el claustro. Sonsoles lo trata en forma confesional, con una profunda mortificación ideológica tras otro adoctrinamiento, el político:
Había dejado de lado las conversaciones sostenidas desde mi infancia con Teresa de Ávila que durante tantos años me habían ayudado a sobrevivir los traumas que me aquejaban. Algunos acuden al psicólogo, pero como yo no tenía dinero inventé conversaciones con una monja que había vivido hacía algunos siglos. Ahora ya no la necesitaba y debía concentrarme en los asuntos del partido ( 25 ).
Sin intentar en absoluto establecer claves de lectura, innecesarias para esta narrativa libre, este trabajo pretende también morar y transitar este universo paradójico de claustro y a la vez liberación introspectiva. Yendo por partes, se puede decir que la primera búsqueda es la de espacios cerrados, herrados, errados aparentemente, de acuerdo con el diálogo siguiente, pero al final espacios concomitantes: Sonsoles arrostra en frases breves, concisas, el cuestionamiento del joven comunista René sobre sus propósitos:
¿Por qué te metiste a monja? Porque quiero entrar al castillo azul. ¿De qué estás hablando? Las monjas viven en conventos y no en castillos. Es muy largo de explicar, dije, evadiendo la respuesta y lanzando una nueva pregunta que ahora debía responder él: ¿Por qué eres comunista? Porque quiero construir un mundo mejor. Yo también quiero construir un mundo mejor. Entonces métete al partido. (20)
La proposición resultante también conlleva a un espacio cerrado, al del confinamiento ideológico que es el ferviente y radical comunismo de época, el de las Jota, Jota, Ce, Ce: las Juventudes Comunistas de Chile. La narradora enfrenta, expresa y confiesa, aun cuando se quiera replicar que es en forma un tanto naive, sus contradicciones internas del capitalismo, pero sobre todo, de su propio “materialismo histérico”:
También empecé a leer a Karl Marx. Descubrí en su lectura al ser humano bajo una perspectiva diferente a la de la época de la inquisición en la que yo había estado sumergida. A Marx no le gustaba la religión para nada y paulatinamente empecé a encontrarle razón. Decía que la religión proyectaba al hombre fuera del mundo real sacándolo a un mundo ficticio. Me sentía avergonzada de mis castillos azules. (24-25)
Conventos, cárceles y castillos son además de espacios errados, espacios errantes que a lo largo de la novela marcan diversas distancias diacrónicas;lo mismo de cinco siglos que de cinco lustros. Son espacios errados y errantes también, como las distancias geográficas recorridas, con moradas como estaciones de paso vital en el peregrinaje: Chile,España, Brasil y la otra mitad de Sudamérica, la India. El tránsito narrativo, avasallando la cordura de la puntuación, zigzaguea de la primera persona introspectiva a las voces de otras, al pensar de los otros. Otras moradas. Otros castillos interiores. Espacios siempre cerrados en las dimensiones del cuerpo, pero siempre abiertos a las dimensiones del alma. El castillo es un leitmotiv, un enigma a cartografiar en las moradas de esta novela; cito por partida doble:
1. Bueno, realmente no sé si estoy enferma, pero cuando veo el castillo, me desmayo. ¿De qué hablas, Sonsoles? Madre, tuve esta visión de un castillo de cristal apareciendo en el desierto. ¿Y luego te desmayaste? Sí, madre. (30)
2. “¿Qué significaba realmente entrar al castillo que me había mostrado Teresa? Aún no estoy segura, a veces imagino historias y me veo entrando en lugares desconocidos abriendo algunas puertas y cerrando otras.” (32-33).
Sin embargo, los espacios herrados descritos no son lúgubres, oscurecidos por el encierro; son inversamente proporcionales a las imágenes abiertas del navío Skorpios atravesando los canales de la Patagonia, o Antofagasta entre los cerros y el mar, a lo que se puede agregar ese Santiago de Chile “aquella ciudad acorralada por símbolos de invierno”, como le canta Silvio Rodríguez. Volviendo al texto de Reimers, aun cuando las imágenes del castillo vuelven al soliloquio espiritual, introspectivo, a la morada interior en analogía teresiana, no deja de haber en ellas luz, nitidez y color.
…nuestra alma como un castillo claro, como un cristal con brillo de diamante. En ese castillo hay muchos cuartos, unos en el piso de abajo, otros en lo alto, a los lados, y en el centro de este cristal está el cuarto más importante que es donde compartimos nuestros secretos con Dios. Ahora tenemos que entrar al castillo, lo que parece un disparate, pues cómo vamos a entrar a algo que ya está dentro de nosotros mismos” (38-39).
Al morar adelante la novela, aparecen momentos liberadores de tensiones íntimas, censuradas por edicto y regla monacal, pero obtenidas, conquistadas en el placer que otorga lo clandestino, como lo son las sesiones nocturnas de contacto corporal de Sonsoles con otra aspirante a novicia, Doris, en una ceremonia no sólo de aseo, sino de purificación y exploración; es el trenzarse en un nudo ciego de amor teresiano, en donde los cuerpos ya no son dos símbolos de interrogación, sino de admiración.
Avanzando en las estaciones, en las moradas, en voz de Teresa de Ávila el ingreso a la vida conventual, al espacio cerrado al mundo y abierto a Dios, se maneja en forma diacrónica. Ella y Sonsoles especulan, comparan, recrean historias, polemizan hasta el postramiento y rendición de Sonsoles para conservar los hábitos monjiles. Pero adopta otros hábitos: los mundanos. Matrimonio y pañales, que no mortajas, del Cielo bajan. En la tercera morada, colgados los hábitos, el matrimonio de Sonsoles con René la lleva a otro encierro, pero doméstico y machista, de una maternidad curiosamente hibridizada de militancia comunista. ¿Espacio errado? No: es “eso que llaman amor, para vivir”, ahora cantaría Pablo Milanés como soundtrack respecto de la relación de pareja de Sonsoles y René, en la que el macho llama “mi mujer” a la ex amada, y ella tiene la obligación de llamarlo “mi marido”. La violencia doméstica, los celos infundados y el cansancio disparejo y de pareja asoman en paralelo con la crianza de la hija y las labores militantes por ¡oh, paradoja! la igualdad entre los hombres. Sí, claro: entre los “hombres”.
El inexorable “divorcio a la chilena” abre temporalmente otro espacio conyugal errado, cerrado y asfixiante en que se ha convertido la vida de la narradora; pero sólo temporalmente, porque la enfermedad de Pick amenaza ahora a Sonsoles con otro encierro más: el mental, al tratarse de una forma rara e irreversible de demencia. Como el peregrinar de los enfermos, la protagonista acude al terruño de su santa interlocutora en Ávila para que interceda por ella en la cura, nueva paradoja para quien se dedica profesionalmente a la cura. Aquí entra Laura, un personaje para acompañar en perspectiva la narración en primera persona. Indistintamente, las situaciones ocurren en espacios abiertos y cerrados, desde el estrecho wáter donde es asistida una parturienta hasta los viajes sexuales que transita la protagonista gracias a Gurú B en la India a nombre de la meditación recomendada, en contraste con el sexo paliativo que le ofrece su colega de Medicina Patricio Morales, antítesis anticomunista de René, el primer marido.
La historia llega a nuevas moradas, a otro hijo, a la vida en Santiago, y de nuevo la soledad, que desde luego es otra forma de claustro: para Sonsoles estar encerrada dentro de sí es más insoportable que fuera de sí: “Al cerrar este capítulo de mi historia tuve una reacción violenta, decidí desprenderme de todo aquello que durante tantos años me tuvo atada” (112).
Aquí cabría un tercer trovador, esta vez el rockero mexicano Jaime López, que podría entonar a la narradora lo siguiente: “Si sumida en la prisión, te podrías liberar… ¿por qué en la libertad, te vas a encarcelar?”. Por eso, el momento narrativo de la inmersión acuática de Sonsoles en la esplendidez del mar brasileño es una especie de re bautismo en aguas diáfanas y pobladas de flora y fauna marina, en un derrotero que preludia nuevos placeres olvidados con César, el amante itinerante durante media Sudamérica, antes de que la mujer de las seis décadas se aliste a entrar mentalmente a morar, quizá para siempre, el castillo azul cristal. El batallar con los preceptos y símbolos del budismo es otro encierro intelectual, especulativo, occidentalizado ante la complejidad oriental, digresivo. La circularidad de la existencia es condensada en forma contundente, en uno de los párrafos más logrados de esta novela, a mi parecer:
El verano ya viene, igual que la vida, la muerte y el nacer. Hace dos agostos yo aún desconocía mi enfermedad, me sentía inmortal. Hoy, madre, estoy en tu vientre, mañana abro las piernas y veo las cabezas de mis hijos que se resbalan hacia la vida, los recibo e invito a danzar en esta esfera mágica, terrestre, infinita. Ha llegado el momento de partir y no estoy preparada.
En suma, Camila Reimers nos atrapa en la lectura en sus conventos, cárceles y castillos, y nos muestra teresianamente qué larga es esta vida, y qué duros son estos hierros en que el alma está metida. Pero qué importa, agregaría junto con mi infalible Sor Juana-otra monja que sabe bien de encierros, sombras fugitivas en la brevedad de la vida efímera y, a pesar de todo, amores- como Sonsoles. Y recito: “poco importa burlar brazos y pecho/ si te labra prisión mi fantasía”.
Camila: De veras nos atrapaste. Gracias.
Ottawa, Junio 6, 2015.

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DE CONVENTOS, CÁRCELES Y CASTILLOS Lugar Común Editorial, 2014. Roxana Orué

Camila Reimers escritora canadiense nacida en Chile, es autora de tres novelas: Hijos de lava (2005), Tres lotos en un mar de fuego (2007) y De conventos, cárceles y castillos. Ha escrito numerosos cuentos en español e inglés, destacando las colecciones Cuentos de autoamor y de autopistas (2009) y Chakra Number Eight: Tales of Humour and Soul (2010) en inglés. Locutora de radio CHIN Ottawa 97.9 FM a cargo del programa infantil que en 2013 ganó el premio Canadian Ethnic Media Association al mejor programa radial étnico en Canadá. En 2014 uno de sus cuentos fue seleccionado para un proyecto auspiciado por la UNESCO entre los seis mejores cuentos infantiles recibidos a través de cuatro años para el concurso Rainbow Caterpillar Kid Lit Award.
Con esta novela comienza a perfilarse el estilo y las preferencias temáticas de Camila Reimers como novelista. Ya en su primera obra, Hijos de Lava, nos mostró su interés por ahondar en la búsqueda interna de nuestro verdadero ser. Para ello nos contó la vida de una persona paralizada por ataduras de las que quería liberarse, lo que implicaba enfrentar sus miedos, sus culpas, su silencio y su soledad. Esa mirada espiritual estaba apoyada en hechos de la vida real pero también en símbolos, además de estar rodeada de fenómenos imposibles y del empeño de presentarlo todo como una unidad.
En Tres Lotos en un mar de fuego el tema es diferente: la crudeza de una extrema violencia sufrida por tres mujeres, pese a lo cual resalta la espiritualidad a través de la comunicación entre ellas tres. Esto a pesar de que estas mujeres viven en lugares y épocas diferentes (otra vez lo imposible se convierte en realidad, como queriendo demostrar que sí es posible).
De conventos, cárceles y castillos presenta la biografía de una mujer que busca comprenderse a sí misma y que habla con Teresa de Ávila, una monja que vivió en España en el siglo XVI y a quien la autora admira. Se repite entonces la fascinación por la búsqueda interior del ser, la atracción por el diálogo entre mujeres que viven en lugares y épocas diferentes y el recurso de mezclar hechos reales con irreales, siempre en medio de una atmósfera espiritual.

El objetivo de esta obra, tal como lo menciona la autora en la introducción de su libro, es integrar a nuestra época las enseñanzas de Teresa de Ávila. Para ello recurrirá a su bagaje cultural ?un gran conocimiento sobre la vida y obra de la monja, su experiencia en la India y sus estudios y prácticas budistas? y a la utilización de metáforas y símbolos, muchas veces provenientes de la propia visión mística de la santa. Para quienes tienen una formación e información similar no debe ser difícil entender la relación que Camila Reimers forja entre la vida de Sonsoles y el saber de la monja. Para los demás puede resultar una historia un poco enrevesada, lo cual no es necesariamente algo negativo, significa simplemente que no es una novela de entretenimiento sino el tipo de novela que he dado en llamar inteligente, es decir, aquella que nos hace pensar, analizar y nos invita a estudiar.

Después de leer este libro investigué algo sobre la vida y pensamiento de Teresa de Ávila en un intento por comprender mejor lo que Camila nos había narrado en él, y me encontré con dos herramientas teóricas fundamentales para facilitar la comprensión de este trabajo. Una es la metáfora entre la oración y el riego de un huerto. Para Teresa se puede regar de cuatro maneras: acarreando agua, con una máquina hidraúlica (noria), con canales o con la lluvia. Análogamente, el esfuerzo que requiere la oración va de mucho a poco (o a nada). En el proceso de desarrollo de la capacidad de orar se comprometen el silencio, la concentración, la memoria, la imaginación y la razón, hasta que todo esfuerzo cede, y rezar se convierte en un gozo que nos llena de virtudes. La segunda herramienta es el libro El castillo interior donde Teresa habla de su percepción del mundo espiritual del ser humano, semejándolo a un castillo con siete moradas que se pueden ir conquistando progresivamente: 1) La primera morada es la etapa en que la persona decide entrar a su interior (abrir las puertas del castillo); 2) la resistencia a seguir ese camino; 3) la exploración; 4) el estado de calma y silencio; 5) el encuentro con Dios; 6) la entrega total y 7) la unión con Dios.

¿Y qué tiene esto que ver con el libro que aquí comentamos? Mucho. Camila Reimers titula Moradas a cada uno de los siete capítulos de su libro. La vida de Sonsoles pasa por cada una de esas moradas y, cuando menos lo esperamos, aparecen los sistemas de riego. Siendo la escritura de Camila enigmática, será muy lentamente que comprendamos qué viene de Teresa, qué de Sonsoles, qué le pertenece a la autora misma y cómo se relacionan todos esos contenidos. La autora no se esfuerza en complicarnos las cosas pero tampoco en simplificárnoslas, algo que experimentamos claramente desde las primeras páginas. Como Juan Goytisolo, tal vez, lo que ella quiera es invitarnos a ampliar horizontes y que después regresemos a releer su obra; aunque él deseaba que sus lectores dudáramos, mientras Camila parece invitarnos a reconocernos a nosotros mismos. Los dos útiles que aquí les he brindado les ayudarán a asimilar este libro. Recuerde deslindar esos conceptos de los demás componentes místicos de origen hindú y budista con los que se trata de explicar la vida de la protagonista. Sí, la autora recurre a variados elementos interpretativos. No es una biografía simple ni obvia.

La autora decidió experimentar con la puntuación eliminando todo guión largo que indique diálogo y mezclando en un párrafo no solo las voces de sus personajes sino la de su narradora. ¿Un acierto? No, no lo creo. Le pregunté a Camila si con esto buscaba mostrar su creatividad, darle fluidez a la lectura o sumarse a los escritores que intentan cambiar el estilo de redacción. Respondió que perseguía los dos últimos objetivos, además de enfrentarse a un desafío. Mi apreciación personal es que, ciertamente, a veces logra que la narración fluya, pero en muchas ocasiones produce el efecto contrario. Por otro lado, la evolución de la escritura se inició sin signos de puntuación y los fue creando después para organizar mejor el discurso.

Mis últimos comentarios serán para felicitar a la autora por renovar la presencia de una voz femenina en la literatura con lo que ello conlleva (mostrar la sexualidad de una mujer, sus percepciones acerca de las relaciones con hombres u otras mujeres, sus anhelos, sus necesidades), por ser capaz de sintetizar en los momentos más oportunos, por presentar en un solo libro narración, poesía, lenguaje antiguo y moderno, y por su capacidad de mezclar un lenguaje sencillo y natural en medio de su esmero por elevar las letras a un nivel culto y profundo.

Note, finalmente, que el título del libro es metafórico, refiriéndose a nuestra cotidianeidad (los conventos), a nuestras limitaciones para ser nosotros mismos (las cárceles) y a nuestra capacidad para descubrir nuestro verdadero ser (los castillos). Si es esto último es lo que busca en su vida actual, aquí tiene un libro que podría inspirarle.

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